Santo Tomás Juzga la idea herética de Bergoglio del acompañamiento del sacerdotes en el pecado mortal.

Radio Vaticana: (Bergoglio) invitó al párroco a prestar especial atención a aquellos jóvenes que prefieren vivir juntos en lugar de casarse. “Espiritualmente y moralmente hablando”, dijo, “están entre los pobres y los pequeños hacia los que la Iglesia quiere ser una Madre que nunca abandona, sino que está cerca de ellos y los cuida … Así que sean tiernos y compasivos hacia ellos”.

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Quien absuelve al impío y quien condena al justo, ambos son igualmente abominables a Dios. Proverbios 17:15

sumitaSanto Tomás  de Aquino: No debemos mostrarnos afables con quienes fácilmente pecan, tratando de agradarles, para no parecer que condescendemos con sus vicios y les damos cierto ánimo para caer en ellos (  Suma Teológica, 22, q. 114, a. 1).

Santo Tomás de Aquino explica: “Dos pasos da el diablo: primero engaña, y después de engañar intenta retener en el pecado cometido.” (“Sobre el Padrenuestro”,1. c. , p. 163). Añade este santo: “No se conforma el demonio con un pecado, sino que se afianza más en él para empujar a otro: El que comete pecado, ‘esclavo es del pecado’ (Jn 8,34). Por eso no es tan fácil librarse de tal situación: dice Gregorio: ‘Pecado que no se lava por la penitencia, arrastra sin tardar a otro con su peso’” (“Sobre la caridad”,1. c. , p. 231).

El adulterio da muerte al alma:

Mas debe saberse que el adulterio y la fornicación se prohíben por muchas razones. En efecto, primeramente dan muerte al alma. “El adúltero pierde el alma por pobreza del espíritu” (Prov 6, 32). Y dice “por pobreza del espíritu”, lo que ocurre cuando la carne domina al espíritu. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 161)

Quien predica la verdad siempre es importuno para los malos

Digamos que el predicador ha de predicar siempre oportunamente, si se ajusta a la regla de la verdad, mas no si se rige por la falsa estimación de los oyentes, que juzgarán la verdad como importunidad; porque el que predica la verdad siempre es para los buenos oportuno, para los malos importuno. “Quien es de Dios escucha la palabra de Dios; por eso vosotros no la escucháis, porque no sois de Dios” (Jn 8, 47). “¡Oh, cuan sumamente áspera es la sabiduría para los hombres necios!” (Si 6, 21). Si el hombre tuviese que aguardar coyuntura para hablar solamente a los que quieren escuchar, aprovecharía sólo a los justos; mas es menester que a sus tiempos predique también a los malos para que se conviertan. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Epístola a Timoteo, cap. 4, lec. 1)

La caridad y la sabiduría no pueden coexistir con el pecado mortal

Según hemos expuesto (a. 2 et 3), la sabiduría, que es don del Espíritu Santo, permite juzgar rectamente las cosas divinas, y las demás cosas en conformidad con las razones divinas, en virtud de cierta connaturalidad o unión con lo divino. Esto, como hemos visto, es efecto de la caridad. Por eso la sabiduría de que hablamos presupone la caridad, y la caridad no coexiste con el pecado mortal, como hemos expuesto (II-II 24,12). En consecuencia, tampoco la sabiduría de que hablamos puede coexistir con el pecado mortal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 45, a. 2)

El oficio de los pastores es enseñar sobre la fe y las buenas costumbres

El oficio propio de los pastores eclesiásticos es la enseñanza de lo que toca a la fe y a las buenas costumbres. (Santo Tomás de Aquino. Comentarios a la Epístola de San Pablo a los Efesios. Lec. 4: Ef 4, 11-13, n. 24)

Los más virtuosos deben ser amados más que los menos virtuosos

¿Ha de ser más amado un prójimo que otro? […]
No todos los prójimos se relacionan con Dios de la misma manera, ya que algunos están más cerca de El por su mayor bondad. A los que están más cerca [de Dios] se les debe amar más con caridad que a los que están menos cerca. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 26, a. 6)

El amor al prójimo implica odiar el pecado que él comete

Pero es necesario notar que aun en esto se halla cierta contrariedad. En efecto, los santos odiaron a algunos. Dice el Sal 138, 22: “Los odio con el más perfecto odio”; y el Evangelio en Lc 14, 26: “Si alguno no aborrece a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Y por eso es de saberse que en todos nuestros actos los hechos de Cristo deben ser nuestro modelo. En efecto, Dios ama y odia. Porque en todo hombre se deben considerar dos cosas: a saber, la naturaleza y el pecado. Indudablemente, se debe amar en los hombres su naturaleza, pero odiar el pecado. Por lo cual sí alguien quiere que el hombre esté en el infierno, odiará su naturaleza; pero si alguien quiere que el hombre sea bueno, odiará el pecado, que siempre debe ser odiado. “Odiaste a todos los operadores de iniquidad” (Sal 5, 7). “Amas [Señor] todo cuanto existe y nada aborreces de cuanto has hecho” (Sab 11, 25). He aquí, pues, que Dios ama y odia: ama la naturaleza y odia el pecado. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 57-58)

La corrección fraterna es el más importante acto de la caridad

Hay, por lo mismo, doble corrección del delincuente. La primera: aportar remedio al pecado como mal de quien peca. Esta es propiamente la corrección fraterna, cuyo objetivo es corregir al culpable. Ahora bien, remover el mal de uno es de la misma naturaleza que procurar su bien. Pero esto último es acto de caridad que nos impulsa a querer y trabajar por el bien de la persona a la que amamos. Por lo mismo, la corrección fraterna es también acto de caridad, ya que con ella rechazamos el mal del hermano, es decir, el pecado. La remoción del pecado —tenemos que añadir— incumbe a la caridad más que la de un daño exterior, e incluso más que la del mismo mal corporal, por cuanto su contrario, el bien de la virtud, es más afín a la caridad que el bien corporal o el de las cosas exteriores. De ahí que la corrección fraterna es acto más esencial de la caridad que el cuidado de la enfermedad del cuerpo o la atención que remedia la necesidad externa. La otra corrección remedia el pecado del delincuente en cuanto revierte en perjuicio de los demás y, sobre todo, en perjuicio del bien común. Este tipo de corrección es acto de justicia, cuyo cometido es conservar la equidad de unos con otros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 33, a. 1)

Por la culpa que sitúa los pecadores en oposición a Dios, han de ser odiados todos

En los pecadores se pueden considerar dos cosas; a saber: la naturaleza y la culpa. Por su naturaleza, recibida de Dios, son en verdad capaces de la bienaventuranza, en cuya comunicación está fundada la caridad, como hemos visto (a. 3; q.23 a.1 y 5). Desde este punto de vista, pues, deben ser amados con caridad. Su culpa, en cambio, es contraria a Dios y constituye también un obstáculo para la bienaventuranza. Por eso, por la culpa que les sitúa en oposición a Dios, han de ser odiados todos, incluso el padre, la madre y los parientes, como se lee en la Escritura (Lv 14, 26). Debemos, pues, odiar en los pecadores el serlo y amarlos como capaces de la bienaventuranza. Esto es verdaderamente amarles en caridad por Dios. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 6)

Al pecador, no queriendo enmendarse, se le debe obligar castigándole

Como queda expuesto (a. 3), hay dos clases de corrección del delincuente. La primera compete, en realidad, a los superiores, ya que se ordena al bien común y tiene fuerza coactiva. Esta corrección no debe pasar en silencio por temor a la turbación que pudiera ocasionar al que es objeto de ella, ya que, si no quiere enmendarse por propia voluntad, se le debe obligar, castigándole, a contenerse de su pecado, o también porque, si resulta incorregible, se mira por el bien común guardando el orden de la justicia e inspirando con ello un ejemplo de escarmiento para los demás. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 33, a. 6)

Es doble el orden de los divinos mandatos: son afirmativos y prohibitivos

Lo segundo que opera la caridad es la observancia de los divinos mandatos. San Gregorio: “Nunca está inactivo el amor de Dios: si existe, grandes cosas opera; pero si se niega a obrar, no es amor”. Por lo cual el signo evidente de la caridad es la prontitud en cumplir los preceptos divinos. Vemos, en efecto, que el amante realiza cosas grandes y difíciles por el amado. Juan 14, 23: “El que me ama guardará mi palabra”. Pero se debe considerar que quien observa el mandato y la ley del amor divino cumple con toda la ley. Pues bien, es doble el orden de los divinos mandatos. En efecto, algunos son afirmativos, y la caridad los cumple, porque la plenitud de la ley que consiste en los mandamientos, es el amor, por el cual se les observa. Otros son prohibitivos, y también éstos los cumple la caridad, porque, como dice el Apóstol en I Cor 13, 4, no obra ella falsamente. (Santo Tomas de Aquino. De los dos preceptos de la caridad y de los diez mandamientos de la Ley, Prólogo, 14, 15)

La fe se confiesa públicamente, pese la turbación de los infieles

Pero si espera alguna utilidad, debe el hombre confesar públicamente su fe, no importándole la turbación de los infieles. Así respondió el Señor cuando le dijeron los discípulos que los fariseos se habían escandalizado al oír sus palabras: “Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos” (Mt 15,14)”. (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 3, a 2, ad 3) 

Los fieles sencillos no deben tratar con los infieles por temer su propia perversión

A los fieles se les prohíbe el trato con alguna persona por dos razones: la primera, en castigo de aquel a quien se le sustrae la comunicación con los fieles; la segunda, por precaución hacia quienes se les prohíbe el trato con ella. Ambas razones pueden deducirse de las palabras del Apóstol. […] En cuanto al segundo título, hay que distinguir, de acuerdo con las condiciones diversas de personas, ocupaciones y tiempos. Si se trata, efectivamente, de cristianos firmes en la fe, hasta el punto de que de su comunicación con los infieles se pueda esperar más bien la conversión de éstos que el alejamiento de aquéllos de la fe, no debe impedírseles el comunicar con los infieles que nunca recibieron la fe, es decir, con los paganos y judíos, sobre todo cuando la necesidad apremia. Si, por el contrario, se trata de fieles sencillos y débiles en la fe, cuya perversión se pueda temer como probable, se les debe prohibir el trato con los infieles; sobre todo se les debe prohibir que tengan con ellos una familiaridad excesiva y una comunicación innecesaria. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.10, a.9, co.) 

Es acto de justicia condenar a los empedernidos

No es contrario a la Justicia divina que el pecador sufra una pena eterna, porque ni aun las mismas leyes humanas exigen que la pena sea medida de la falta en el tiempo. En efecto: los pecados de adulterio y de homicidio, para cuya comisión basta poco tiempo, son penados por la ley humana, o por el destierro, o por la muerte, que excluyen para siempre de la sociedad al hombre. El destierro no tiene una duración perpetua, más que por accidente, porque la vida del hombre no es perpetua, y la intención del juez parece ser imponer una pena perpetua. Por consiguiente, no es una injusticia el que Dios castigue con una pena eterna el pecado de un momento. Debemos considerar también que la pena eterna se impone al pecador que no se arrepiente de su pecado, perseverando en él hasta la muerte; y como está en la disposición de pecar eternamente, con razón Dios le castiga eternamente. Además, todo pecado contra Dios tiene cierta infinidad respecto a Dios. Es evidente que cuanto más elevada es la persona ofendida, tanto más grave es la falta, como el que da una bofetada a un militar causa una ofensa más grave que si la diera a un paisano, y aun sería mucho más grave la ofensa si fuera inferida a un príncipe o a un rey. Siendo Dios infinitamente grande, el pecado cometido contra Él es en cierto modo infinito, y por eso digno en cierto modo de una pena infinita. Como la pena no puede ser intensivamente infinita, porque nada creado puede ser infinito de esta manera, se deduce que el pecado mortal debe ser castigado con una pena infinita en duración. Además, la pena temporal se impone al que puede corregirse, para que se enmiende y purifique; luego si el pecador no puede corregirse, y si la voluntad está obstinadamente adherida al pecado, como se ha dicho antes, hablando de los condenados, claro es que su pena no debe tener fin. (Santo Tomás de Aquino. Compendio de Teología, 173, 438)

Aquellos que obran con malicia no merecen la vida futura

Los efectos de los contrarios son contrarios entre sí: A las obras de la virtud se oponen la obras de la malicia y, por consiguiente, la desdicha a que se llega por las obras de la malicia es contraria a la felicidad que merecen las obras virtuosas. Los contrarios son de un mismo género, y como la dicha suprema, que se alcanza por las obras virtuosas, es un bien de la vida futura y no de la vida presente, es necesario que la desdicha suma, a donde conduce la malicia, sea un mal de la vida futura.
Mas aún, todos los bienes o males de esta vida están ordenados a un fin. Los bienes exteriores, y aun los bienes corporales, sirven orgánicamente para adquirir la virtud, que es el camino recto para que lleguen a la felicidad los que usan bien de las cosas. En cambio, para aquellos que usan mal de esos bienes, son instrumento de la malicia, a través de la cual llegan a la desgracia. Los males que se oponen, como las enfermedades, la pobreza y otras cosas semejantes, son para unos, medios de adquirir la virtud, y para otros, incrementos de malicia, según el diferente uso que de ellos hacen. Lo que tiende a otro fin no es el fin último, porque no es ni el último premio ni la última pena; luego la dicha suprema no consiste en los bienes de esta vida, ni la infelicidad suprema, en los males. (Santo Tomás de Aquino. Compendio de Teología, 173, 342-343)

La penitencia requiere la contrición, la confesión y la satisfacción

Mientras que en la penitencia la reparación de la ofensa se hace según la voluntad del pecador y el arbitrio de Dios, contra el cual se peca. Porque la penitencia no busca solamente el restablecimiento de la justa igualdad, como ocurre en la justicia vindicativa, sino más bien la reconciliación de la amistad, verificada cuando el ofensor dé la compensación que pide el ofendido. Así pues, se requiere, por parte del penitente, en primer lugar, voluntad de reparar, cosa que hace con la contrición; segundo, sometimiento al arbitrio del sacerdote en lugar de Dios, cosa que hace por la confesión; y tercero, reparación fijada por el arbitrio del ministro de Dios, cosa que hace con la satisfacción. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 90 a. 2, resp.) 

No se pueden armonizar diferentes líneas de pensamiento porque no puede haber en la teología, que es la mayor de todas las sabidurías, la insensatez de mezclar la verdad con el error

Es razonable […] que la verdad sea el último fin del universo y que la sabiduría tenga como deber principal su estudio. Por esto, la Sabiduría divina encarnada declara que vino al mundo para manifestar la verdad: “Yo para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”. Y el Filósofo determina que la primera filosofía es “la ciencia de la verdad”, y no de cualquier verdad, sino de aquella que es origen de toda otra, de la que pertenece al primer principio del ser de todas las cosas. Por eso su verdad es principio de toda verdad, porque la disposición de las cosas respecto de la verdad es la misma que respecto al ser. A ella pertenece aceptar uno de los contrarios y rechazar el otro; como sucede con la medicina, que sana y echa fuera a la enfermedad. Luego así como propio del sabio es contemplar, principalmente, la verdad del primer principio y juzgar de las otras verdades, así también lo es luchar contra el error. Por boca, pues, de la Sabiduría se señala convenientemente, en las palabras propuestas, el doble deber del sabio: exponer la verdad divina, meditada, verdad por antonomasia, que alcanza cuando dice: “Mi boca. dice la verdad”, y atacar el error contrario, al decir: “Pues aborrezco los labios impíos”. (Suma contra los gentiles, libro primero, cap. I)

Para el perdón de los pecados veniales también es necesario hacer penitencia

La remisión de la culpa, como se acaba de exponer, se realiza mediante la unión con Dios, de quien, en cierto modo, separa la culpa. Ahora bien, esta separación es completa con el pecado mortal, y es incompleta con el pecado venial. Porque con el pecado mortal el alma se aparta totalmente de Dios, puesto que obra en contra de la caridad. Mientras que el pecado venial enfría el afecto del hombre impidiéndole dirigirse a Dios con presteza. Por eso, ambos pecados se perdonan con la penitencia, ya que por el uno y por el otro queda la voluntad del hombre desordenada por la inmoderada inclinación del hombre a los bienes creados. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 87, a. 1)

La verdadera penitencia es el abandono del pecado

El pecado mortal no puede ser perdonado sin una verdadera penitencia, a la cual corresponde el abandono del pecado en cuanto ofensa de Dios, lo cual es común a todos los pecados mortales. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 86, a. 3)

Aversión a Dios que merece la pena de daño

El castigo es proporcionado al pecado. Mas en el pecado hay dos cosas. Una de ellas es la aversión con respecto al bien inmutable, que es infinito; y así, por esta parte, el pecado es infinito. La otra cosa que hay en el pecado es la conversión desordenada al bien transitorio. Y por esta parte el pecado es finito, ya porque el mismo bien transitorio es finito, ya porque la misma conversión (a él) es finita, pues los actos de una criatura no pueden ser infinitos. Por razón, pues, de la aversión al pecado le corresponde la pena de daño, que también es infinita, pues es la pérdida del bien infinito, es a saber, de Dios. Más por razón de la conversión (a las criaturas, finitas) le corresponde la pena de sentido, que también es finita. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 87, a. 4)

  • Pena irreparable de duración perpetua

La duración de la pena corresponde a la duración de la culpa, no ciertamente por parte del acto, sino por parte de la mancha, perdurando la cual, perdura el reato de la pena. Mas el rigor de la pena corresponde a la gravedad de la culpa. Pero la culpa que es irreparable, lleva consigo durar perpetuamente: y por eso incurre en una pena eterna. Mas no es infinita por parte de la conversión (a las criaturas); y por ello no incurre por esta parte en una pena cuantitativamente infinita. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 87, a. 4)

Los doctores deben estar en defensa de la fe contra los errores

[…] los doctores de la Iglesia deben estar en defensa de la fe contra todos los errores. Los hijos de Israel no confiaban en la lanza ni en las flechas, sino que los montes los defendían. Y por eso algunos fueron recriminados en Ez 13: No subisteis al frente en la adversidad ni pusisteis un muro de defensa para la casa de Israel, a fin de oponerles resistencia en el día del peligro, en el día del Señor. Porque todos los doctores de la Sagrada Escritura deben ser elevados por la eminencia de su vida, para ser idóneos para predicar eficazmente. Como dice Gregorio en su Regla Pastoral, si la vida de uno es despreciada, también será despreciada necesariamente su predicación. Porque los corazones no pueden ser estimulados a mantenerse en el temor de Dios si no son por la elevación de la vida. Deben ser iluminados, para que puedan enseñar eficazmente con sus comentarios, como se lee en Ef. 3: A mi, el menos de todos los santos, se me ha concedido esta gracia: anunciar a los paganos las insondables riquezas de Cristo e iluminar a todos con la dispensación del misterio que estaba escondido desde todos los siglos en Dios. Deben estar preparados para confrontar los errores en las disputas. Lc 21: Os daré una boca y una sabiduría que vuestros adversarios no podrán resistir ni contradecir. Y de estos tres oficios, es decir, predicar, comentar y disputar se dice en Tit 1: para que capaz de exhortar, esto en en cuanto a la predicación, de enseñar la doctrina sagrada, en cuanto a los comentarios, y de vencer a quienes te contradigan, en cuanto a la disputa. (Santo Tomás de Aquino. Princripium Ringans Montes)

El mal ejemplo de un obispo lo hace acreedor de la perdición de los súbditos

Dice San Gregorio: deben saber los prelados que a tantas muertes se hacen acreedores cuantos ejemplos de perdición dan a sus súbditos. […] Mas no parece que alguno tenga obligación de rendir cuentas sino sólo por sí, según aquello: “es forzoso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones que habrá hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo” (2Co 5, 10). —Respondo: cierto, cada uno ha de dar cuenta principalmente de sus propias acciones; pero, tanto cuanto éstas tienen que ver con otras, también de las ajenas. Ahora bien, las acciones de los prelados tienen mucho que ver con los súbditos, conforme a lo que dice Ezequiel: “hijo de hombre, Yo te he puesto por centinela en la casa de 1srael, y de mi boca oirás mis palabras, y se las anunciarás a ellos de mi parte” (3, 17). De donde se sigue que si el prelado —entendido aquí por centinela— no le intima al impío que morirá sin remedio, aquel impío morirá en su pecado, pero al centinela se le exigirá cuenta de su sangre. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Hebreos, lec. 3, Hb 13, 17-25)

Se debe evitar la convivencia con los pecadores en un consorcio de pecado

Por la culpa que les sitúa en oposición a Dios, [los pecadores] han de ser odiados todos, incluso el padre, la madre y los parientes, como se lee en la Escritura (Lv 14, 26). […] A los amigos que incurren en pecado, según el Filósofo en IX Ethic., no se les debe privar de los beneficios de la amistad en tanto haya esperanza de su curación. Al contrario, mayor auxilio se les debe prestar para recuperar la virtud que para recuperar el dinero, si lo hubieran perdido, dado que la virtud es más afín a la amistad que el dinero. Mas cuando incurren en redomada malicia y se tornan incorregibles, no se les debe dispensar la familiaridad de amistad. Por eso, esta clase de pecadores, de quienes se supone que son más perniciosos para los demás que susceptibles de enmienda, la ley divina y humana prescriben su muerte. Esto, sin embargo, lo sentencia el juez, no por odio hacia ellos, sino por el amor de caridad, que antepone el bien público a la vida de una persona privada. No obstante, la muerte infligida por el juez aprovecha al pecador: si se convierte, como expiación de su culpa; si no se convierte, para poner término a su culpa, ya que con eso se le priva de la posibilidad de pecar más. […] Por caridad amamos a los pecadores, no para querer lo que quieren ellos, o gozarnos de lo que ellos gozan, sino para llevarlos a querer lo que queremos nosotros y a gozarse de lo que nos gozamos. De ahí estas palabras de Jeremías (15, 19): Ellos se convertirán a ti y tú no te convertirás a ellos. Se debe evitar, ciertamente, que los débiles convivan con los pecadores por el peligro que corren de verse pervertidos por ellos. En cuanto a los perfectos, en cambio, cuya corrupción no se teme, es laudable que mantengan relaciones con los pecadores para convertirlos. Así el Señor comía y bebía con ellos, como consta en la Escritura (Mt 9, 10-11). Sin embargo, se debe evitar la convivencia con los pecadores en un consorcio de pecado. Así dice el Apóstol: Salid de en medio de ellos y no toquéis nada inmundo (2 Co 6, 17), o sea, el consentimiento en el pecado. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 6)

El no ser castigado redunda en mal para el propio   pecador

En segundo lugar priva de la vida: en efecto, el adúltero debe morir según la ley, como se dice en el Lv 20 y en Dt 22. Y que a veces no sea castigado corporalmente es para su mal; porqué la pena corporal que se sufre con paciencia es para la remisión de los pecados; pero será castigado en seguida en la vida futura. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 161)

El buen médico arranca el mal de raíz

El buen médico no sólo suprime el mal que aparece sino que también arranca la raíz del mal, no sea que retoñe: por lo cual quiere que nos abstengamos de las causas de los pecados. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 149Enlace

“Algunos hombres reciben de Dios una misión especial: dan testimonio de Dios no solamente desde un punto de vista natural, por el hecho de su existencia, sino sobre todo de una manera espiritual, con sus buenas obras. Todos los santos son testigos de Dios, porque sus buenas obras glorifican al Señor ante los hombres […]. Sin embargo, los que, no contentos con recibir los dones divinos y de hacer bien con la gracia de Dios, comunican esos dones a otros por medio de la palabra, estímulos y exhortaciones, son mas especialmente todavía testigos de Dios”. (Santo Tomás de Aquino Coment. Evang. S. Juan, 4, 1).
Santo Tomás de Aquino ruega por nosotros.

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Un comentario en “Santo Tomás Juzga la idea herética de Bergoglio del acompañamiento del sacerdotes en el pecado mortal.

  1. Derecho Canónico – Derecho penal El crimen sollicitationis o delito de solicitación en la Iglesia Católica La Iglesia ha protegido a través de su derecho penal la santidad del sacramento de la penitencia. Para ello -además de otros delitos- ha tipificado el crimen sollicitationis o crimen de solicitación. Este delito penaliza la solicitación a un pecado grave contra el sexto mandamiento por parte del confesor.
    Actualmente está regulado en dos textos legales, el Código de Derecho Canónico y las Modificaciones a las Normas de los delitos más graves. El canon 1387 indica:

    Canon 1387: El sacerdote que, durante la confesión, o con ocasión o pretexto de la misma, solicita al penitente a un pecado contra el sexto mandamiento del Decálogo, debe ser castigado, según la gravedad del delito, con suspensión, prohibiciones o privaciones; y, en los casos más graves, debe ser expulsado del estado clerical.
    Por su parte, las Modificaciones a las Normas de los Delitos más graves entre estos delitos incluye el crimen sollicitationis con el siguiente tenor literal:

    Art. 4, 2: [Es delito grave] la solicitación a un pecado contra el sexto mandamiento del Decálogo durante la confesión o con ocasión o con pretexto de ella, de la que se trata en el can. 1387 del Código de Derecho Canónico y en el can. 1458 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales, si tal solicitación se dirige a pecar con el mismo confesor.

    Tipo delictivo
    De acuerdo con el canon 1387, el tipo delictivo es la solicitación a un penitente a un pecado contra el sexto mandamiento. Este mandamiento prohíbe los actos impuros, y por tales se entienden los actos sexuales ilegítimos. La solicitación se ha de entender como la incitación positiva a cometer uno de estos actos. El tipo delictivo requiere que la solicitación esté conectada con el sacramento de la confesión.

    El bien protegido es la santidad del sacramento de la penitencia y también la dignidad de los fieles que se acercan al este sacramento (…)

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