Bergoglio manipuló varias citas de los Santos y distorsionó el Catecismo en “Gaudate Et Exsultate”

magistero heretico

Seudo-Magisterio herético del heresiarca Bergoglio

La Nuova Bussola Quotidiana

Traducción de Helena Faccia Serrano para InfoVaticana

Una exhortación, muchas citas equivocadas (no por casualidad).

Buenaventura, Tomás, Agustín y el Catecismo: algunos pasajes clave de la Exhortación apostólica sobre la santidad incluyen citas parciales que distorsionan el significado de los autores.

Como ya sucedió con Santo Tomás en Amoris Laetitia, también en la Exhortación apostólica Gaudete et Exsultate (GE), presentada el lunes, hay, por desgracia, algunas citas “creativas” para sostener afirmaciones y tesis que, de otra manera, no tendrían conexión con la tradición.

Como ya sucedió con Amoris Laetitia para Santo Tomás, también en la exhortación apostólica Gaudete et Exsultate (GE), presentada el lunes, desafortunadamente, se deben encontrar algunas citas “creativas” para respaldar afirmaciones y tesis que de otro modo no tienen vínculos con la tradición.

Empecemos con el número 49, donde incluso tenemos que señalar un triplete. Estamos en la parte de la Exhortación dedicada a los pelagianos, ésa en la que el Papa pega con más ganas sobre las que considera las amenazas más graves para la Iglesia. El Papa la toma con quienes «dirigen a los débiles diciéndoles que todo se puede con la gracia de Dios» (n. 49), pero «en el fondo suelen transmitir la idea de que todo se puede con la voluntad humana» (n. 49). De este modo «se pretende ignorar que “no todos pueden todo” (47)». Este reenvío a la nota 47 indica la referencia a la obra de San Buenaventura Las seis alas del serafín, y al hecho que dicha cita debe entenderse en la línea del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), número 1735 (dedicado a la imputabilidad de una acción). Inmediatamente después se cita a Santo Tomás para sostener que «en esta vida las fragilidades humanas no son sanadas completa y definitivamente por la gracia» (n. 49) y, por último, a San Agustín, para relanzar la tesis del bien posible, ampliamente sostenida en Amoris Laetitia (AL), y que el libro de don Aristide Fumagalli sobre la teología moral del Papa Francisco (de la famosa colección torpemente patrocinada por Viganò) muestra ser funcional a la posibilidad de absolver y admitir a la comunión a quien sigue viviendo more uxorio (para un análisis del libro de Fumagalli reenviamos a un próximo artículo).

Es evidente que la presencia de la gracia, como dice Santo Tomás, «no vuelve a sanar al hombre totalmente» (I-II, q. 109, a. 9, ad. 1); pero aquí Tomás está explicando que la ayuda de la gracia actual («ser movido por Dios a actuar bien») es necesaria para quien ya tiene la costumbre de la gracia santificante, porque en el hombre la carne sigue siendo débil. Pero que la gracia no vuelva a sanar al hombre totalmente no significa en absoluto que el hombre pueda encontrarse en situaciones en las que, con la ayuda de la gracia, le sea imposible observar los mandamientos de Dios. Que es exactamente la línea interpretativa de AL que “autoriza” –naturalmente, en algunos casos– actos propiamente conyugales entre un hombre y una mujer que no son cónyuges.

Que el texto de GE juega con la ambigüedad es algo que resulta bastante evidente por las citas omitidas o truncadas. Véase la cita de la obra de San Buenaventura, escrita para exponer las virtudes de un superior religioso. La frase citada es la siguiente: «No todos pueden todo», expresión tomada del Libro de la Sabiduría y presentada por San Buenaventura para recordar a los superiores que no deben exasperar con sus reproches a quienes están en dificultad: «Sopórtense sus aversiones y sus fragilidades con ánimo paciente». Esta recomendación debe ser comprendida no a la luz del número del Catecismo, que trata de la imputabilidad de una acción (lo que no tiene nada que ver con el contexto del escrito del santo franciscano, pero que en cambio es revelador de dónde se quiere ir a parar), sino a cuanto se afirma en el capítulo anterior (II, 9), a saber: que «ante todo se impidan y condenen las transgresiones de los mandamientos de Dios; a continuación, las transgresiones de los preceptos inviolables de la Iglesia, etc.». Pero de esto no hay rastro en la Exhortación.

A San Agustín le toca una suerte peor. El texto extraído de La naturaleza y la gracia es citado de este modo en el n. 49 de GE: «Dios te invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedas». Punto y final. Sin embargo, el texto íntegro es el siguiente: «No manda, pues, Dios cosas imposibles; pero al imponer un precepto te amonesta que hagas lo que está a tu alcance y pidas lo que no puedes. Veamos, pues, por qué puede o no puede… Yo digo: Ciertamente, no es fruto de la voluntad la justicia del hombre si ella procede de su condición natural, más con la medicina de la gracia podrá conseguir lo que no puede por causa del vicio».

En el texto íntegro está claro que es precisamente la gracia la que hace posible lo que la naturaleza no consigue hacer. ¿Y qué es lo que ordena Dios al hombre que pida, para que obtenga lo que no puede? Lo explica el Concilio de Trento, que cita precisamente esta afirmación de Agustín: «Nadie, empero, por más que esté justificado, debe considerarse libre de la observancia de los mandamientos… Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas y ayuda para que puedas… Porque los que son hijos de Dios aman a Cristo y los que le aman… guardan sus palabras; cosa que, con el auxilio divino, pueden ciertamente hacer» (DH 1536).

Dios, por lo tanto, ayuda para que se pueda lo que humanamente no se puede; los mandamientos no son imposibles de observar. De esto no hay rastro en GE, que se preocupa de dar pescozones a los nuevos pelagianos, que son reprendidos por confiar poco en la gracia, en lugar de animar a confiar en ella. Ciertamente, pensar que se puede observar la ley sin la gracia es una actitud típicamente farisaica, como recordaba Veritatis Splendor (VS), n. 104. Pero la solución no es reprender a quienes sostienen que con la gracia es posible observar los mandamientos de Dios, también en situaciones que parecen imposibles. Es igualmente farisaica otra actitud más actual que nunca, recordada en el n. 105 de VS: «Se pide a todos gran vigilancia para no dejarse contagiar por la actitud farisaica, que pretende eliminar la conciencia del propio límite y del propio pecado, y que hoy se manifiesta particularmente con el intento de adaptar la norma moral a las propias capacidades y a los propios intereses, e incluso con el rechazo del concepto mismo de norma». Por ejemplo, como cuando se disuelve la norma en cada caso individual.

La actitud cristiana consiste en un impulso superior que reconoce, al mismo tiempo, la propia miseria, la exigencia de la santidad de Dios y su misericordia, que hace posible para el hombre lo que con sus solas fuerzas es imposible: «Aceptar la desproporción entre ley y capacidad humana, o sea, la capacidad de las solas fuerzas morales del hombre dejado a sí mismo, suscita el deseo de la gracia y predispone a recibirla» (VS, n. 105).

No menos grave es también el caso del número 80 de GE, que inaugura el comentario a la bienaventuranza evangélica de los misericordiosos: «Mateo lo resume en una regla de oro: “Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella” (7, 12). El Catecismo nos recuerda que esta ley se debe aplicar “en todos los casos” (71), de manera especial cuando alguien “se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil” (72)».

La ley de la misericordia debe ser, por lo tanto, aplicada en todos los casos, sobre todo en las situaciones difíciles. Los artículos del Catecismo aquí citados (notas 71 y 72) no dicen precisamente esto. El n. 1787 no sólo recuerda que la conciencia a veces puede encontrarse en situaciones difíciles de discernir moralmente, sino también que en estos casos la persona «debe buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina». Por este motivo, el número sucesivo enseña que «algunas normas valen en todos los casos», como se refiere en GE, pero antes de la regla de oro se afirma que «nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien». Curiosamente, de la Exhortación sobre la santidad desaparecen la referencia a la ley divina y al hecho que el mal no puede hacerse nunca.
Pero la distorsión más grave la encontramos en el número 106: «No puedo dejar de recordar aquella pregunta que se hacía Santo Tomás de Aquino cuando se planteaba cuáles son nuestras acciones más grandes, cuáles son las obras externas que mejor manifiestan nuestro amor a Dios. Él respondió sin dudar que son las obras de misericordia con el prójimo, más que los actos de culto». Y se cita el texto de la II-II, q. 30, a. 4, ad 2: «No adoramos a Dios con sacrificios y ofrendas exteriores en su beneficio, sino por beneficio nuestro y del prójimo. Él no necesita nuestros sacrificios, pero quiere que se los ofrezcamos por nuestra devoción y para la utilidad del prójimo. Por eso, la misericordia, que socorre los defectos ajenos, es el sacrificio que más le agrada, ya que causa más de cerca la utilidad del prójimo».

En verdad, Santo Tomás se preguntaba «si la misericordia es la más grande de las virtudes» y concluye que… ¡«la misericordia no es la más grande de las virtudes»! Porque, explica Tomás, «en el hombre, que tiene como superior a Dios, la caridad que une a Dios es superior a la misericordia, que suple las deficiencias del prójimo». La misericordia es la más grande «de todas las virtudes que atañen al prójimo», pero no en absoluto. La más grande es la caridad, como se ha visto, porque nos une a Dios. Y el amor de Dios se cumple en la observancia de su palabra (cfr. Jn 14, 23) y es la verificación del amor a los hermanos. A menudo se recuerda, justamente, el hecho que el amor del prójimo realiza el amor de Dios y es, por lo tanto, compendio de la ley, pero nos olvidamos que el amor a Dios es condición y prueba de nuestro amor al prójimo, como recuerda San Juan: «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardamos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados» (1 Jn 5, 2-3).

Después, Tomás explica que la tan olvidada virtud de religión «es superior a todas las otras virtudes morales» (II-II q. 81, a. 6), siempre en relación a Dios y está vinculada, de manera especial, precisamente a la caridad. De hecho, «la religión se acerca a Dios más estrechamente que las otras virtudes morales, puesto que cumple actos que, de manera directa e inmediata, son ordenados al amor de Dios». Entre estos actos, como explica el Catecismo (2095 y siguientes), se incluyen la adoración, la oración, el sacrificio, las promesas y los votos.

Es extraño que esto no sea citado en una exhortación acerca de la santidad, visto que Santo Tomás explica que «religión y santidad son la misma cosa» (II-II, q. 81, a 8, s.c), porque en ambos casos «es la aplicación que el hombre hace de su mente y de sus actos a Dios»; en el caso de la religión, principalmente por «los actos que se refieren al servicio de Dios», mientras que para la santidad «también por todos los actos de las otras virtudes que el hombre refiere a Dios» entre los cuales, ciertamente las obras de misericordia.

Este orden de cosas no se encuentra en GE, que hace afirmaciones unilaterales como la del número 107: «Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia». O, aún peor, la del número 26: «No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de santificación. Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión».


lenguaje profano

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sadomasoquismoArzobispo Fulton Sheen: «La esencia de lo satánico o lo diabólico es el odio a la Cruz de Cristo». «Lo satánico es el desprecio de la Cruz, el desprecio de la mortificación y de la abnegación y, por lo tanto, de Cristo mismo».

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Bergoglio utiliza la violencia verbal para atacar a los fieles católicos en Gaudete et exsultate

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El Magisterio de la Iglesia decreta nulo todos los documentos ilícitos de Jorge Mario Bergoglio:

Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes, y no será posible considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad de administrar en las cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales circunstancias, a la dignidad de obispo, arzobispo, patriarca o primado, o a los que han asumido la función de Cardenales, o de Pontífice Romano, sino que por el contrario todos y cada uno de los pronunciamientos, hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de fuerza, y no otorgan ninguna validez, y ningún derecho a nadie.

Validez de los documentos antiguos y derogación sólo de los contrarios

Considerando pues esas resoluciones de modo expreso y teniéndolas como insertadas, palabra por palabra, incluso aquellas que hubieran de perdurar por otras disposiciones, y en fin todas la demás que se opongan, por esta vez y de un modo absolutamente especial, derogamos expresamente sus cláusulas dispositivas.


Gnósticos y pelagianos

The Wanderer
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El documento pontificio aparecido en los últimos días, Gaudete et exsultate, pasará a la historia con más pena que gloria. Apenas si algún matutino proclive le regaló un pequeño y volátil título y en cambio, son muchos los sitios que están mostrando sus inconsistencias.

Sin embargo, hay un hecho indiscutible: se trata de una exhortación apostólica, nos guste o no y, por tanto, de un documento con carácter magisterial, más allá de lo devaluado que se encuentre en la actualidad este instituto. Y lo que quiero señalar en esta ocasión es la liviandad con la que el Santo Padre acusa en un escrito de esa jerarquía a quienes denomina “gnósticos” y “pelagianos”. Lanza un acusación sin nombrar a los acusados, por lo que poner el nombre a estos herejes corre por cuenta y riesgo de los inquisidores, y en esta lista se han anotado los medios de comunicación que han determinados que los tales herejes son los “ultraconservadores” enemigos del pontificado de Francisco.

La estrategia de crear un rótulo multifunción a fin de pegarlo en la frente de quienes son enemigos, es un viejo ardid jesuita. Lo hicieron en el siglo XVII cuando crearon la etiqueta jansenismo y amontonaron allí a todos los críticos de la Compañía. Aún hoy se sigue hablando de jansenistas para referirse a mujeres que usan mantilla en misa, a quienes prefieren no comulgar con mucha frecuencia, a quienes no comen carne los viernes, a quienes no abusan del alcohol e, incluso, a quienes reservan su actividad sexual para el matrimonio. Nadie sabe bien qué es y qué fue el jansenismo, pero no importa, puesto que sirve para identificar a un enemigo y darle palos. Lo mismo hace el Sumo Pontífice: ha creado dos rótulos, gnósticos y pelagianos, y va esparciendo las pegatinas por el aire a fin de que cualquier interesado pueda aplicarla a quien mejor le venga en gana.
La gravedad particular es que, en esta ocasión y a diferencia de otras veces, la acusación aparece en un documento con pretensiones magisteriales y que, como tal, permanecerá en el Depósito. Yo me pregunto hasta qué punto es responsable, lícito y prudente acusar nada menos que de dos herejías gravísimas- que merecen el infierno a quienes adhieren a ellas-, sin mencionar a los culpables. Como los apóstoles en la Última Cena, nosotros también preguntamos con temor: “¿Seré yo, Señor?”, pero no estamos seguros de recibir respuesta como sí la recibió el apóstol Juan.

Infovaticana ha publicado un interesante artículo en el que se señala la manipulación que el Papa Francisco hace de las citas de santos que utiliza en GE a fin de dar autoridad a lo que dice. Yo quisiera señalar algunas incongruencias más. El documento advierte en el n. 115 acerca de las diversas formas de “violencia verbal”, en que se “naturaliza la difamación y la calumnia”. Para un católico, una de las formas más graves de “violencia verbal” que se puede ejercer es llamar a un hermano “hereje” puesto que se lo está acusando de romper la unidad de la Iglesia y negar la integridad de la Verdad que nos reveló Nuestro Señor. No es una acusación liviana y, si se la hace, se deben dar pruebas muy concretas y fundamentadas. El papa Francisco, en cambio, lanza alegremente estas acusaciones ensuciando a nadie sabe quién, pues aunque describe lo que él entiende por neo-gnosticismo y neo-pelagianismo no sabemos quiénes son los que encarnan esas nuevas y peligrosas doctrinas, lo que da pie para que sea aplicado a cualquiera, y nadie tenga la posibilidad de defenderse, porque no está seguro de ser el acusado. ¿No se trata, acaso, de un tipo particular de “violencia verbal”? ¿Y no se trata también de un modo de calumnia especialmente grave y peligroso?

La segunda incongruencia que encuentro es que el Santo Padre utiliza para insultar y anatematizar a quienes serían -según sus amigos periodistas como Elizabetta Piqué- sus enemigos, un rótulo con herejías del pasado. Lo curioso es que lo hace en el ámbito de una Iglesia en salida y de puertas abiertas. ¿Cómo se conjuga la “revolución de la misericordia” con el desprecio hacia los que piensan diferentes? Nunca al Papa u obispo alguno se le ocurría utilizar al epíteto “luterano”, o “mormón”, o “musulmán”, o “judío” o “ateo”, para insultar o anatematizar. Sería de una incorrección política imperdonable y caería sobre él no solamente la inquisición del mundo sino también la del mismísimo Vaticano. Ahora hemos encontrado las bondades que poseen el luteranismo y el calvinismo; caímos en la cuenta que los judíos son nuestros hermanos mayores; los musulmanes son parientes nuestros ya que son parte de la “religión del Libro”, como le gustaba decir al jesuita cardenal Bea, y los ateos son bellísimas personas que buscan la verdad. Pero los gnósticos y pelagianos, en cambios, son herejes de la más extrema peligrosidad, comparables solamente a los terroristas y merecedores del fuego eterno. Como ya no hay una hermana separada «iglesia gnóstica» o «iglesia pelagiana» que puede sentirse ofendida, ofendamos nomás a los nuestros que escasamente pueden defenderse. Porque un detalle importante es que esos brumosos gnósticos y pelagianos a los que señala el Santo Padre, son todos católicos. De las largas páginas que dedica a describirlos y descarnarlos -de la 8 a la 14 según la edición PDF del Vaticano- surge con claridad que se trata de miembros de la iglesia católica. Más aún, de fieles que conocen la fe y que tienen un fuerte compromiso con la Iglesia. Es decir, son los prójimos, o los próximos del Papa Francisco, y es a ellos a quienes zurra llamándolos “herejes”. En cambio, a los que están fuera, a los que son propia y confesadamente herejes e infieles, los acoge en sus brazos paternales. Se trata, una vez, de lo que ya Ludovicus señalaba en este blog en 2014 como una característica del discurso bergogliano: alabar a los lejónimos y castigar a los prójimos.

Pero en este tema hay todavía una cuestión más sutil y no menos grave que tiene que ver con la chastrinada que comete el Papa Francisco cuando habla del gnosticismo. Tiene toda la razón del mundo en señalar la peligrosidad de esa herejía. Es lo que hicieron grandes Padres de la Iglesia, como San Ireneo de Lyón que dedicó su libro más importante, el Adversus haereses, a desenmascarar al gnosticismo y a señalar su errores, y lo mismo que él hicieron muchos otros autores de la época. A tal punto llegó la peligrosidad de esta secta que las comunidades cristianas primitivas se encargaron de destruir todos sus escritos a fin de evitar daños mayores. Lo que conocemos hoy de las doctrinas gnósticas es una reconstrucción a partir de la obra de San Ireneo y, últimamente, de los manuscritos de Nag Hammadi descubiertos en 1945. Y es verdad que, a la par de una serie de doctrinas fabulosas y rebuscadas, los gnósticos postulaban la necesidad de un cierto conocimiento o gnosis para alcanzar la salvación, conocimiento que consistía, justamente, en esas doctrinas irreales y fantásticas.

El problema es que, como en toda herejía, hay una parte de verdad que no debe descuidarse y que en el afán de destruir el error, se destruya también la verdad. En otro términos, tirar el agua sucia con el bebé adentro. Y es lo que hace el Papa Francisco.

La verdad es que el término gnóstico es un término neutro. Significa “conocedor” o “el que conoce”, y puede aplicarse, como de hecho se aplicaba en los primeros siglos, a los cristianos. En principio todo cristiano debe ser, necesariamente, gnóstico, debe “conocer”. Es así que el bautismo ha sido considerado por toda la Tradición como una iluminación y aún hoy se entrega al bautizado o a sus padrinos una vela encendida como signo de esa luz que ha recibido. Y ¿qué significa haber sido iluminado? Ni más ni menos que “haber conocido” una verdad que antes desconocía, es decir, ni más ni menos que convertirse en gnóstico o conocedor. Incluso el catecismo de las cien preguntas que siembre reivindicamos, se inicia asegurando que el deber de todo cristiano es conocer, amar y servir a Dios en este vida para después gozarlo en la futura; el deber de todo cristiano es, entonces, ser gnóstico.

Pero enseguida hay que aclarar algo: este tipo de gnosis o conocimiento no es sobre determinadas doctrinas como pretendía el gnosticismo herético, ni siquiera sobre el saber teológico. Para ser cristiano no se necesita conocer muchas cosas, sino la única necesaria: Dios. Y se trata de un conocimiento progresivo y transformador. El camino de santidad es también un camino de conocimiento y de iluminación, es decir, un camino gnóstico, mal que le pese al Sumo Pontífice. Pero, insisto, hay que distinguir con mucho cuidado y decir con firmeza que no se trata de una gnosis de carácter racionalista sino espiritual, casi a-lógica, que transforma el corazón del hombre.

Veamos un ejemplo. Los primeros Padres de la espiritualidad cristiana enseñaron que este camino de perfección tenía tres etapas: práctica, gnóstica y teológica, según Evagrio Póntico; purgativa, iluminativa y unitiva, según Santa Teresa. Son las “Tres edades de la vida interior” de la que nos hablaba el P. Garrigou-Lagrange. El fin o acabamiento de la primera etapa consiste en alcanzar la virtud, o el dominio de las pasiones, o mejor todavía, la libertad con respecto a las pasiones, y esto otorga al cristiano un nuevo conocimiento que los maestros llaman contemplación de las segundas naturalezas, y que consiste en descubrir los logoi o razones o semillas divinas en las cosas creadas. Cuando San Francisco de Asís habla del “hermano árbol” o de la “hermana hormiga”, no lo hace por una convicción ecológica o porque se convirtió en vegano, sino porque ha descubierto o ha conocido que en el árbol y en la hormiga hay un logos divino, o si se quiere, un reflejo del mismo Dios o de sus ideas divinas. Y es por eso también que San Juan de la Cruz escribe:

¡Oh bosques y espesuras,

plantadas por la mano del amado!

¡Oh prado de verduras,

de flores esmaltado,

decid si por vosotros ha pasado!

Mil gracias derramando,

pasó por estos sotos con presura,

y yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de hermosura.

Juan de Yepes le pegunta a las criaturas si vieron a su Amado porque él descubre o conoce en ellas el reflejo divino. Ellas, efectivamente, le confirman que por allí pasó y las dejó transformadas. San Juan de la Cruz alcanzó un conocimiento nuevo en su progreso o ascenso al Monte Carmelo.

Y es por eso también que Santo Tomás de Aquino junto a toda la tradición teológica cristiana, afirma que el conocimiento de las criaturas es un modo de remontarse al conocimiento de Dios, y no lo dice porque se trata simplemente de construir un silogismo a partir del principio de causalidad, sino porque este conocimiento, o gnosis, de los logoi divinos que se encuentran en lo creado, sirve para conocer al Creador a quien reflejan como en un espejo.

Pero a este conocimiento, o a esta gnosis de la que nos hablan los Padres, San Francisco, San Juan de la Cruz, Santo Tomás y todos los demás maestros, no se accede fácilmente. No se trata de abrir un libro y ponerse a estudiar, ni se trata tampoco de pura voluntad. Se trata de adquirir las virtudes naturales y sobrenaturales y de abrirse a la acción del Espíritu Santo en el alma. Se trata de dejarse transformar por Dios, y la verdad es que, ¡ay!, cuánto nos cuesta esa transformación y cuánto nos resistimos a ella. En otras palabras, cuánto cuesta ser gnósticos, en este sentido propiamente cristiano y tradicional del término.

Si el Santo Padre, como bien han señalado otros comentadores, omite en GE una verdad básica de la espiritualidad cristiana y que es la necesidad de la oración para hacer buenas obras, es decir, para ser virtuosos y para ser santos, no podemos pretender que se detenga en analizar las distinciones entre la gnosis herética y la gnósis cristiana. Pero sí que podemos, en cambio, pedirle que no acuse al voleo e indiscriminadamente de gnósticos a aquellos que somos críticos de su pontificado y, peor todavía, que manche de herejía a los santos que hoy pueblan la Iglesia militante y que son, en el sentido más propio, cristiano y tradicional del término, gnósticos.


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