Bergoglio utiliza la violencia verbal para atacar a los fieles católicos en Gaudete et exsultate

no-seas-egoista-bergoglio-enojado

El Magisterio de la Iglesia decreta nulo todos los documentos ilícitos de Jorge Mario Bergoglio:

Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes, y no será posible considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad de administrar en las cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales circunstancias, a la dignidad de obispo, arzobispo, patriarca o primado, o a los que han asumido la función de Cardenales, o de Pontífice Romano, sino que por el contrario todos y cada uno de los pronunciamientos, hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de fuerza, y no otorgan ninguna validez, y ningún derecho a nadie.

Validez de los documentos antiguos y derogación sólo de los contrarios

Considerando pues esas resoluciones de modo expreso y teniéndolas como insertadas, palabra por palabra, incluso aquellas que hubieran de perdurar por otras disposiciones, y en fin todas la demás que se opongan, por esta vez y de un modo absolutamente especial, derogamos expresamente sus cláusulas dispositivas.


Gnósticos y pelagianos

The Wanderer
 francis_ceo-678x381

El documento pontificio aparecido en los últimos días, Gaudete et exsultate, pasará a la historia con más pena que gloria. Apenas si algún matutino proclive le regaló un pequeño y volátil título y en cambio, son muchos los sitios que están mostrando sus inconsistencias.

Sin embargo, hay un hecho indiscutible: se trata de una exhortación apostólica, nos guste o no y, por tanto, de un documento con carácter magisterial, más allá de lo devaluado que se encuentre en la actualidad este instituto. Y lo que quiero señalar en esta ocasión es la liviandad con la que el Santo Padre acusa en un escrito de esa jerarquía a quienes denomina “gnósticos” y “pelagianos”. Lanza un acusación sin nombrar a los acusados, por lo que poner el nombre a estos herejes corre por cuenta y riesgo de los inquisidores, y en esta lista se han anotado los medios de comunicación que han determinados que los tales herejes son los “ultraconservadores” enemigos del pontificado de Francisco.

La estrategia de crear un rótulo multifunción a fin de pegarlo en la frente de quienes son enemigos, es un viejo ardid jesuita. Lo hicieron en el siglo XVII cuando crearon la etiqueta jansenismo y amontonaron allí a todos los críticos de la Compañía. Aún hoy se sigue hablando de jansenistas para referirse a mujeres que usan mantilla en misa, a quienes prefieren no comulgar con mucha frecuencia, a quienes no comen carne los viernes, a quienes no abusan del alcohol e, incluso, a quienes reservan su actividad sexual para el matrimonio. Nadie sabe bien qué es y qué fue el jansenismo, pero no importa, puesto que sirve para identificar a un enemigo y darle palos. Lo mismo hace el Sumo Pontífice: ha creado dos rótulos, gnósticos y pelagianos, y va esparciendo las pegatinas por el aire a fin de que cualquier interesado pueda aplicarla a quien mejor le venga en gana.
La gravedad particular es que, en esta ocasión y a diferencia de otras veces, la acusación aparece en un documento con pretensiones magisteriales y que, como tal, permanecerá en el Depósito. Yo me pregunto hasta qué punto es responsable, lícito y prudente acusar nada menos que de dos herejías gravísimas- que merecen el infierno a quienes adhieren a ellas-, sin mencionar a los culpables. Como los apóstoles en la Última Cena, nosotros también preguntamos con temor: “¿Seré yo, Señor?”, pero no estamos seguros de recibir respuesta como sí la recibió el apóstol Juan.

Infovaticana ha publicado un interesante artículo en el que se señala la manipulación que el Papa Francisco hace de las citas de santos que utiliza en GE a fin de dar autoridad a lo que dice. Yo quisiera señalar algunas incongruencias más. El documento advierte en el n. 115 acerca de las diversas formas de “violencia verbal”, en que se “naturaliza la difamación y la calumnia”. Para un católico, una de las formas más graves de “violencia verbal” que se puede ejercer es llamar a un hermano “hereje” puesto que se lo está acusando de romper la unidad de la Iglesia y negar la integridad de la Verdad que nos reveló Nuestro Señor. No es una acusación liviana y, si se la hace, se deben dar pruebas muy concretas y fundamentadas. El papa Francisco, en cambio, lanza alegremente estas acusaciones ensuciando a nadie sabe quién, pues aunque describe lo que él entiende por neo-gnosticismo y neo-pelagianismo no sabemos quiénes son los que encarnan esas nuevas y peligrosas doctrinas, lo que da pie para que sea aplicado a cualquiera, y nadie tenga la posibilidad de defenderse, porque no está seguro de ser el acusado. ¿No se trata, acaso, de un tipo particular de “violencia verbal”? ¿Y no se trata también de un modo de calumnia especialmente grave y peligroso?

La segunda incongruencia que encuentro es que el Santo Padre utiliza para insultar y anatematizar a quienes serían -según sus amigos periodistas como Elizabetta Piqué- sus enemigos, un rótulo con herejías del pasado. Lo curioso es que lo hace en el ámbito de una Iglesia en salida y de puertas abiertas. ¿Cómo se conjuga la “revolución de la misericordia” con el desprecio hacia los que piensan diferentes? Nunca al Papa u obispo alguno se le ocurría utilizar al epíteto “luterano”, o “mormón”, o “musulmán”, o “judío” o “ateo”, para insultar o anatematizar. Sería de una incorrección política imperdonable y caería sobre él no solamente la inquisición del mundo sino también la del mismísimo Vaticano. Ahora hemos encontrado las bondades que poseen el luteranismo y el calvinismo; caímos en la cuenta que los judíos son nuestros hermanos mayores; los musulmanes son parientes nuestros ya que son parte de la “religión del Libro”, como le gustaba decir al jesuita cardenal Bea, y los ateos son bellísimas personas que buscan la verdad. Pero los gnósticos y pelagianos, en cambios, son herejes de la más extrema peligrosidad, comparables solamente a los terroristas y merecedores del fuego eterno. Como ya no hay una hermana separada «iglesia gnóstica» o «iglesia pelagiana» que puede sentirse ofendida, ofendamos nomás a los nuestros que escasamente pueden defenderse. Porque un detalle importante es que esos brumosos gnósticos y pelagianos a los que señala el Santo Padre, son todos católicos. De las largas páginas que dedica a describirlos y descarnarlos -de la 8 a la 14 según la edición PDF del Vaticano- surge con claridad que se trata de miembros de la iglesia católica. Más aún, de fieles que conocen la fe y que tienen un fuerte compromiso con la Iglesia. Es decir, son los prójimos, o los próximos del Papa Francisco, y es a ellos a quienes zurra llamándolos “herejes”. En cambio, a los que están fuera, a los que son propia y confesadamente herejes e infieles, los acoge en sus brazos paternales. Se trata, una vez, de lo que ya Ludovicus señalaba en este blog en 2014 como una característica del discurso bergogliano: alabar a los lejónimos y castigar a los prójimos.

Pero en este tema hay todavía una cuestión más sutil y no menos grave que tiene que ver con la chastrinada que comete el Papa Francisco cuando habla del gnosticismo. Tiene toda la razón del mundo en señalar la peligrosidad de esa herejía. Es lo que hicieron grandes Padres de la Iglesia, como San Ireneo de Lyón que dedicó su libro más importante, el Adversus haereses, a desenmascarar al gnosticismo y a señalar su errores, y lo mismo que él hicieron muchos otros autores de la época. A tal punto llegó la peligrosidad de esta secta que las comunidades cristianas primitivas se encargaron de destruir todos sus escritos a fin de evitar daños mayores. Lo que conocemos hoy de las doctrinas gnósticas es una reconstrucción a partir de la obra de San Ireneo y, últimamente, de los manuscritos de Nag Hammadi descubiertos en 1945. Y es verdad que, a la par de una serie de doctrinas fabulosas y rebuscadas, los gnósticos postulaban la necesidad de un cierto conocimiento o gnosis para alcanzar la salvación, conocimiento que consistía, justamente, en esas doctrinas irreales y fantásticas.

El problema es que, como en toda herejía, hay una parte de verdad que no debe descuidarse y que en el afán de destruir el error, se destruya también la verdad. En otro términos, tirar el agua sucia con el bebé adentro. Y es lo que hace el Papa Francisco.

La verdad es que el término gnóstico es un término neutro. Significa “conocedor” o “el que conoce”, y puede aplicarse, como de hecho se aplicaba en los primeros siglos, a los cristianos. En principio todo cristiano debe ser, necesariamente, gnóstico, debe “conocer”. Es así que el bautismo ha sido considerado por toda la Tradición como una iluminación y aún hoy se entrega al bautizado o a sus padrinos una vela encendida como signo de esa luz que ha recibido. Y ¿qué significa haber sido iluminado? Ni más ni menos que “haber conocido” una verdad que antes desconocía, es decir, ni más ni menos que convertirse en gnóstico o conocedor. Incluso el catecismo de las cien preguntas que siembre reivindicamos, se inicia asegurando que el deber de todo cristiano es conocer, amar y servir a Dios en este vida para después gozarlo en la futura; el deber de todo cristiano es, entonces, ser gnóstico.

Pero enseguida hay que aclarar algo: este tipo de gnosis o conocimiento no es sobre determinadas doctrinas como pretendía el gnosticismo herético, ni siquiera sobre el saber teológico. Para ser cristiano no se necesita conocer muchas cosas, sino la única necesaria: Dios. Y se trata de un conocimiento progresivo y transformador. El camino de santidad es también un camino de conocimiento y de iluminación, es decir, un camino gnóstico, mal que le pese al Sumo Pontífice. Pero, insisto, hay que distinguir con mucho cuidado y decir con firmeza que no se trata de una gnosis de carácter racionalista sino espiritual, casi a-lógica, que transforma el corazón del hombre.

Veamos un ejemplo. Los primeros Padres de la espiritualidad cristiana enseñaron que este camino de perfección tenía tres etapas: práctica, gnóstica y teológica, según Evagrio Póntico; purgativa, iluminativa y unitiva, según Santa Teresa. Son las “Tres edades de la vida interior” de la que nos hablaba el P. Garrigou-Lagrange. El fin o acabamiento de la primera etapa consiste en alcanzar la virtud, o el dominio de las pasiones, o mejor todavía, la libertad con respecto a las pasiones, y esto otorga al cristiano un nuevo conocimiento que los maestros llaman contemplación de las segundas naturalezas, y que consiste en descubrir los logoi o razones o semillas divinas en las cosas creadas. Cuando San Francisco de Asís habla del “hermano árbol” o de la “hermana hormiga”, no lo hace por una convicción ecológica o porque se convirtió en vegano, sino porque ha descubierto o ha conocido que en el árbol y en la hormiga hay un logos divino, o si se quiere, un reflejo del mismo Dios o de sus ideas divinas. Y es por eso también que San Juan de la Cruz escribe:

¡Oh bosques y espesuras,

plantadas por la mano del amado!

¡Oh prado de verduras,

de flores esmaltado,

decid si por vosotros ha pasado!

Mil gracias derramando,

pasó por estos sotos con presura,

y yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de hermosura.

Juan de Yepes le pegunta a las criaturas si vieron a su Amado porque él descubre o conoce en ellas el reflejo divino. Ellas, efectivamente, le confirman que por allí pasó y las dejó transformadas. San Juan de la Cruz alcanzó un conocimiento nuevo en su progreso o ascenso al Monte Carmelo.

Y es por eso también que Santo Tomás de Aquino junto a toda la tradición teológica cristiana, afirma que el conocimiento de las criaturas es un modo de remontarse al conocimiento de Dios, y no lo dice porque se trata simplemente de construir un silogismo a partir del principio de causalidad, sino porque este conocimiento, o gnosis, de los logoi divinos que se encuentran en lo creado, sirve para conocer al Creador a quien reflejan como en un espejo.

Pero a este conocimiento, o a esta gnosis de la que nos hablan los Padres, San Francisco, San Juan de la Cruz, Santo Tomás y todos los demás maestros, no se accede fácilmente. No se trata de abrir un libro y ponerse a estudiar, ni se trata tampoco de pura voluntad. Se trata de adquirir las virtudes naturales y sobrenaturales y de abrirse a la acción del Espíritu Santo en el alma. Se trata de dejarse transformar por Dios, y la verdad es que, ¡ay!, cuánto nos cuesta esa transformación y cuánto nos resistimos a ella. En otras palabras, cuánto cuesta ser gnósticos, en este sentido propiamente cristiano y tradicional del término.

Si el Santo Padre, como bien han señalado otros comentadores, omite en GE una verdad básica de la espiritualidad cristiana y que es la necesidad de la oración para hacer buenas obras, es decir, para ser virtuosos y para ser santos, no podemos pretender que se detenga en analizar las distinciones entre la gnosis herética y la gnósis cristiana. Pero sí que podemos, en cambio, pedirle que no acuse al voleo e indiscriminadamente de gnósticos a aquellos que somos críticos de su pontificado y, peor todavía, que manche de herejía a los santos que hoy pueblan la Iglesia militante y que son, en el sentido más propio, cristiano y tradicional del término, gnósticos.


Artículo  relacionado:

Poca alegría y muchos insultos.

Santa Hildegarda de Bingen : Por tanto, también se perderá el que adore los escritos de este hombre perdido, tributándole culto. 

Anuncio publicitario