La Misa retransmitida, una pseudo-liturgia

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«Ser o no ser». La principal cuestión de las misas televisadas

Sandro Magister 

 

(…)¿Qué tiene que ver todo esto con las misas televisadas? Mucho, en mi opinión, si pensamos primero en lo que es la misa en su esencia: un evento y no una representación.

Para ser más precisos: la misa es el evento por excelencia, “el sacrificio mismo del Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús“. Cada misa, de hecho, “hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la Cruz en favor de la humanidad. […] El sacrificio de la Cruz y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio». (Catecismo de la Iglesia Católica, Compendium, n. 280).
Pues bien, a un evento no se asiste como espectadores, se participa. Para participar es necesario estar presentes en el tiempo y el lugar en el que sucede, porque de lo contrario no se establece con este una relación real. Y para estar presente, hay que estar allí con el cuerpo. Hoy, en un contexto cultural en el que la unidad de la experiencia humana espiritual-corpórea es cuestionada cada vez más por nuestra adicción a lugares y relaciones exclusivamente virtuales, es imprescindible reafirmarlo.
La representación mediática de un evento implica en sí –independientemente de las intenciones de quienes la organizan y de quienes asisten, así como del “formato” en el que se desarrolla– una espectacularización que es, en gran medida, incompatible con la naturaleza del evento mismo. Sin entrar en el lugar dramático en el que se lleva a cabo, es decir, sin entregarse al tiempo y al espacio que lo delimitan, seguimos siendo, en gran medida, espectadores.
Es suficiente pensar, para poner solo un ejemplo, en el hecho de que cada evento es, por definición, único e irrepetible. Los cientos de miles de misas que se celebran cada día en el mundo no son “réplicas“ producidas en serie según un prototipo, sino que cada una de ellas constituye la actualización del único sacrificio de Cristo, que se produce una vez por todas. La lógica de la representación de los medios, sin embargo, es la de la repetibilidad y la serialidad: viéndolo así, no hay una diferencia real entre seguir la transmisión en vivo o en diferido.
Los padres del Concilio Vaticano II estaban en lo cierto cuando identificaron en la “actuosa participatio” de los fieles uno de los valores principales a promover en la reforma de la liturgia.
Sin embargo, desafortunadamente, una buena parte del liturgismo postconciliar ha malinterpretado y traicionado esa indicación, confundiéndola con una invitación al activismo litúrgico, es decir, a la promoción del protagonismo humano en el «opus Dei”. Y ahora, después de décadas de énfasis impropio en la dimensión “aglomeradora“ de la misa, la respuesta eclesiástica a la emergencia sanitaria por coronavirus corre el riesgo, en una especie de sarcástica heterogénesis de fines, de eliminar de hecho  a las personas de la liturgia, rebajándolas a público televisivo que se alimenta de emociones religiosas.
La misa vista desde casa puede constituir, sin duda, un útil ejercicio de piedad, a la par que otros, pero para la fe católica sería letal superponerla o incluso confundirla con la participación en el sacramento. En el pasado la autoridad eclesiástica prestaba mucha atención a esta distinción, y me gustaría que hoy siguiese haciendo lo mismo.
(…)
Porque quizás ya se está estableciendo una nueva práctica pseudo-litúrgica.
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